Corrigiendo al doctor en paleontología, Rodolfo Maguin Casamiquela
En oportunidad de la instalación de los españoles en Buenos Aires, con Pedro de Mendoza, el primer fundador de la ciudad de este nombre, había en la costa atlántica del área pequeños grupos de indígenas canoeros, arribados desde el Norte en época reciente, cultivadores-inferiores y ceramistas. Racialmente eran individuos braquicéfalos de estatura mediana, “amazónidos” de los especialistas. Un origen más ambiguo, pues también eran canoeros, tenían los “Meguay” o “mbeguás”, también citados por los cronistas, diferentes de los anteriores tanto por su físico cuanto por su cultura de cazadores nómadas, y en cambio muy afines a los Querandíes, que ocupaban el área que se extiende entre el extremo austral de las sierras Pampeanas (de San Luis, Córdoba y sur de Mendoza) y el río Paraná y de la Plata, por el Oeste y el Este respectivamente, y entre los ríos Carcarañá y el Quinto-Salado de Buenos Aires, respectivamente por el Norte y por el Sur (llegando hasta el rio Negro desde su desembocadura hasta la islas de Choele Choel y de ahi hasta el rio Colorado). Muy altos y corpulentos, vestidos de pieles, habitantes de toldos, cazadores de arco y flecha y boleadoras, etc.
Los Querandíes se nos presentan muy afines a los cazadores, como desde luego lo eran los Charrúas de la “Banda Oriental” (Uruguay y Argentina) y los cazadores pámpidos del Litoral (abipones, mocovies de Santa Fe, por ejemplo) y del Chaco (tobas, matacos y otros).
A lo largo del siglo siguiente al de la conquista española, es decir el XVII, los descendientes de los Querandíes fueron denominados sucesivamente “tubichaminíes” (por el cacique Quenguipén, así apodado) y “pampas”.
Fue a principios del siglo XVIII cuando se produjo el primer encuentro de dichos descendientes con las primeras avanzadas de los tehuelches patagónicos, que, a favor de la posesión del caballo, llegaban con mucha frecuencia y violencia genocida a los confines de la actual provincia de Buenos Aires y áreas contiguas. A los nombres regionales de “pampas” que antes viéramos hay que agregar, en el siglo XVIII, en ese ámbito, los de “pampas carayhet” (Caguane-het, Querandies), “magdalenistas” (Tubichamini) y “matanceros” (Bagual), por los “pagos” de la Magdalena y de la Matanza, ubicados inmediatamente al Sur de la ciudad de Buenos Aires, hacia la frontera del Salado.
Este río, continuación hacia el Este del Quinto, ininterrumpido en tiempos de muchas precipitaciones, puede llegar a ser sumamente caudaloso -como lo atestiguan las inundaciones recientes de la “Pampa deprimida”-, y fue siempre, de todos modos, un ámbito poco recomendable para los cazadores propiamente terrestres. Ello debido a la existencia de zonas anegadizas y pantanosas, totorales, y el todo asociado con un terrible enemigo: la “sabandija”, o desesperante plaga de insectos picadores de toda especie y tamaño.
Hacia el Sur de ella se extendían, en ese siglo, otros grupos “pampas”, cada vez más puros a medida que se avanzaba hacia la Patagonia: “pampas tapalqueneros” (descendientes de Mariche y Chuyantuya), “pampas serranos” (por las sierras del Tandil y de la Ventana). Estos “pampas” centro-sur bonaerenses eran denominados gente del Este, “puelches” en lengua araucana, con el mismo significado.
Es más: como se dijo, del mismo modo el nombre “pampas” tuvo origen en la nomenclatura indígena quechua.
Para el caso, desconocemos la más antigua.
Adviértase además que, de este modo, hacia los comienzos de la difusión del caballo, los puelches mendocinos y de San Luis (Diuihets, pampas algorroberos) y los “puelches” bonaerenses (Taluhets, pampas caguaneros y Chechehets, pampas serranos) pudieron ser y, efectivamente, lo creo una sola y misma entidad.
El problema se traslada, en verdad, al siglo anterior, XVI, a fines del cual Garay encontró, recordemos, en las estribaciones orientales, atlánticas, de las sierras de Tandil, a grupos indígenas vestidos con pieles, cazadores, que estaban en posesión de prendas tejidas...
¿Eran ya nuestros puelches occidentales? (Pampas algarroberos o Diuihets), ¿Poseían ya algunos caballos?, ¿O simplemente eran indígenas regionales, es decir del sustrato chechehets, pampas serranos?
Misterio. De ese sustrato prácticamente lo ignoramos casi todo. Lo que sí sabemos es que hasta tiempos muy recientes existieron en el litoral bonaerense (como en el patagónico norte) indígenas de origen ¿láguido? (en extremo muy raro, en todo caso eran meguay), al lado de otros de origen fuéguido, además de pámpidos chechehets, aunque éstos de edad no tan bien establecida.
Y que las viejas tradiciones culturales (industrias líticas, para el caso) regionales, bonaerenses continuaron prácticamente hasta los tiempos hispanos (siglos XVI y aun XVII). El resto está abierto a discusión y estudio.
Las cosas son, ciertamente, diferentes a lo largo del siglo XVIII, en que las informaciones, de diverso origen, son mucho más abundantes.
Algo importante de señalar es el establecimiento sucesivo, a lo largo de ese siglo, de distintas reducciones religiosas, de las cuales son ampliamente conocidas las jesuíticas del Salado (margen sur, cerca de la desembocadura), destinada a “pampas amigos”, es decir magdalenistas y matanceros; y de las sierras del Tandil, hechas para recibir, la primera, a “pampas serranos”, (el primer cambio, o confusión de rotulo, ya que se le agrega el mismo a un nuevo pueblo invasor y muy violento llegado a la región recientemente y conocidos como Leuvuches (Gennaken junto a williches) pues así se denominaron a sí mismos también en ese sitio), y la segunda a tehuelches meridionales (penkenk, Chubut), que para entonces llegaban anualmente a Buenos Aires. De acuerdo con la impresión que, de estos hombres rudos, menos refinados, tenían los españoles (y los otros indígenas; recuérdese el apelativo de “salvajes”), esta última reducción se denominó “Nuestra Señora de los Desamparados”.
Cabe agregar que ninguna de las tres prosperó, ya que estos indígenas cazadores nómadas eran de índole totalmente distinta de aquella, más “pacífica” y sedentaria, de los guaraníes, con los cuales los propios jesuitas establecieron las prósperas reducciones de Misiones, de larga vida. (corrección: la primera de los pampas Querandies duro 13 años, la segunda del Pilar (mezcla de pampas con Leuvuches) un tiempo considerable menor y la tercera de los desamparados de los Penkenk apenas unos pocos meses).
todas destruidas por los Leuvuches de Cangapol.
Echemos, a esta altura, un vistazo a lo desarrollado hasta aquí. Hecho esto, recordemos que el gran tema son las “acciones y transformaciones” del panorama étnico, o del poblamiento, a lo largo de los tiempos post-colombinos. Y que estamos completando la exposición de la primera parte, es decir el proceso de cambio étnico hasta la primera “Conquista del Desierto”, en 1833.
Después de este intervalo, levantemos los telones para el próximo acto, final, de dicha primera parte.
LOS RANQUELES
Los antepasados de José María Yanquetruz parecen haber sido -por lo menos en parte- precordilleranos a cordilleranos mendocinos, en principio “Diuihets, Pampas algarroberos, puelches”. Un cacique de ese apellido (Llanquitur o Yanquitur) fue archi-famoso en la lucha de este pueblo “pehuenches huilliches” con los pehuenches picunches durante el siglo XVIII. En definitiva, fue capturado y muerto -y decapitado, a usanza de la época- por éstos, con ayuda de tropas españolas.
Pero el linaje -el más poderoso y prestigioso del ámbito pampeano en su conjunto- no se agotaría con su muerte. Pues, por un lado, lo continuaría el aludido José María Bulnes Yanquetruz, tremendo cacique, y por el otro su aparente homónimo, es decir tocayo, Yanquetruz señor de los ranqueles, el “feroz Yanquetruz” al decir de Juan Manuel de Rosas. (o sea no eran parientes).
El gentilicio “ranquel” deriva del chedungun rangkülche “gente de los carrizos (carrizales)”, (o lo es por ser los habitantes a todo lo largo del rio Ranquel [Sanquel o Danquel], y/o por ser bautizados con gramilla, "chepica", [Ranquel/Rancul/Ranquil]??)y comenzó a mediados del siglo XVIII, época en que en crónicas de Buenos Aires se lo recoge como “raiquincheles, Sanquelches” o variantes de parecida deformación.
El nombre parece haberse originado (en 1720) en el Norte del Neuquén en donde abunda el carrizo, inexistente, en cambio, en el “monte”, asiento -después- de la etnia “ranquelina” propiamente dicha. La formación fitogeográfica del Monte se extiende por el Este de los ríos Atuel y Salado (Chadileuvu), y en ella el caldenal (con el caldén y el algarrobo, verdaderos árboles) forma una franja diagonal, desde el Noreste al Sureste, que, corriendo por la parte oeste de las sierras de la Ventana, en el Sudoeste de Buenos Aires, va a perderse casi en el Noreste de la Patagonia (llegando hasta el margen norte del rio colorado en la provincia de Buenos Aires. El caldenal era denominado mamüll en chedungun, “monte”, y a sus habitantes se los conocía -y aun se los conoce- por el nombre de mamüllche “gente del monte”.
¿QUE SON LOS RANQUELES?
Fueron una etnia de origen complejo, producto de distintas mezclas y metamorfismos. Por un lado, entre los indígenas habitantes del área Sur de San Luis, Córdoba y Santa Fe y Noroeste de Buenos Aires, conocidos por entonces -siglo XVIII- como “pampas caguaneros, pampas del río Cuarto” o “cordobeses” o “puntanos” o “querandies” o taluhets, y los españoles-criollos de “la frontera”. Por el otro, entre los “aucas” de allende la Cordillera, o sea, los pehuenches boreales, más los puelches boreales o Diuihets o pampas algarroberos del Sur de Mendoza y los “pampas” aludidos. En fin, entre los antepasados regionales de estos pampas (“querandíes” primero, “tubichaminíes” después) y los del Leu mapu (leu; loo: médano) o sea, los antiguos Chechehets o pampas serranos (querandies del sur bonaerense, a partir del siglo XVII).
Es muy importante señalar que fue precisamente la gravitación de este pueblo en el Centro-Sur -área serrana- de Buenos Aires, ahora, la que condicionó la extensión oriental de los ranqueles, que de todas maneras tenían acceso casi libre al ángulo Noroeste de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, en ocasión de los frecuentes malones sobre la campaña e incipientes poblados bonaerenses y santafecinos. Del mismo modo, eran frecuentísimos los malones a la campaña y los poblados del área de la frontera en el Sur de San Luis y Córdoba. Toda una historia de desolación y muerte.
Los ranqueles fueron, tal vez, el pueblo más “acriollado” de todos, y en este rasgo, más las influencias araucanas (pehuenches), hay que buscar el desarrollo de una precaria agricultura -de cereales y huerta- a lo largo del siglo XVIII, unida a un cierto grado de sedentarismo.
Aunque hay algunos datos de la supervivencia de la lengua “caguane –het” de los querandies y charrúas hasta mediados del siglo XVIII, la lengua oficial fue la chedungun desde por lo menos un siglo antes. Así, el quiyapi de pieles debió alternar con las prendas pehuenches tejidas y la ropa criolla, lo mismo que las armas. En cambio, la vivienda, el “gran toldo” ranquel (de forma de galpón), no parece responder ni al tipo tehuelche ni a la vivienda araucana; tal vez corresponda a un desarrollo especial de aquel modelo (registrado por Thomas Falkner de los pampas Hets).
Fuente: Rodolfo Casamiquela